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Andrea Zalles
Storytelling

Journal · Septiembre, 2025

?Cuando dejamos
de ser naturaleza?

La Tierra · Sistema solar

La vida, como la que existe en este planeta, es un verdadero milagro.

La Tierra, hasta donde sabemos, es el único cuerpo celeste que alberga vida sin ser el astro más cercano o lejano del sol; está a la distancia perfecta de la estrella central de nuestro sistema solar, y es el único que ha llegado a un grado de evolución que le permite defenderse del sol y protegerse de la hostilidad del espacio. Es una burbuja de vida que respira en medio de la inmensidad del espacio en perfecta sincronización.

Nosotros, los seres humanos, somos parte activa de ese ecosistema, donde no hay ser que exista sin un propósito o algo que dar y, a cambio, recibe lo que necesita; un ciclo de reciprocidad constante. Todo en la naturaleza, y en nuestra esencia, es circular: los átomos, las células, el iris, los ojos, el sol, la luna, los planetas, el sistema solar, la galaxia… al igual que los ciclos como las estaciones, el día y la noche, las fases de la luna, la vida y la muerte… En este planeta nunca nada desaparece y aunque algo haya muerto, siempre será parte de un hermoso patrón de vida, en el que todo está interconectado, alimentando lo que sigue.

Aun así, los humanos concebimos el tiempo y los procesos como algo lineal, lo que nos ha llevado a crear, a lo largo de los siglos, una sociedad que parece haber olvidado lo esencial: el verdadero valor de lo que nos rodea. Hemos construido un sistema que antepone las necesidades monetarias sobre las naturales, en el que un árbol vale más muerto que vivo, una ballena es más rentable en cautiverio o convertida en aceite que nadando libre; vemos las cascadas más como kilovatios que como agua en su estado puro y en movimiento, y en vez de espectaculares desiertos de sal, captamos la reserva de litio para las baterías eléctricas. Hemos convertido las montañas en minas, selvas en plantaciones y animales en mercancías. La pregunta resuena con fuerza: ¿cuándo dejamos de ser naturaleza?

La desconexion

Durante milenios, nuestra vida como humanos estuvo entrelazada con los ciclos del mundo natural y vivíamos en perfecta armonía y equilibrio. El maíz crecía en la milpa junto a frijoles y calabazas, los ríos eran sagrados y los bosques significaban hogar. En esa cultura, la tierra no sólo era un recurso, sino algo digno de amar, respetar y proteger. Pero poco a poco, cambiamos la mirada y percepción hasta considerarnos una especie superior por nuestra capacidad de pensar, razonar y crear conceptos abstractos como el tiempo, el dinero y la religión. Esa habilidad de pensamiento y entendimiento, aunque nos ha permitido estudiar y comprender mucho de nuestro mundo, así como desarrollar productos y tecnologías inimaginables, también ha propiciado que le demos valor a conceptos ajenos a nuestra condición de seres vivos, como lo es la industria, el consumismo, el capitalismo y la explotación desmedida de recursos, rompiendo con el orden y equilibrio del planeta a una velocidad mucho más rápida que la que tiene para adaptarse y contrarrestar los cambios.

Hoy medimos el éxito en cifras: cuánto producimos, cuánto ganamos, cuántas propiedades y bienes poseemos, cuántos viajes realizamos y publicamos… Vivimos contando, pero dejamos de sentir. Olvidamos que somos seres humanos (human beings), no actores humanos (human doers). No nacimos para ver cómo arden los bosques ni para trabajar hasta el agotamiento y reducir el mundo a cifras y balances. Vinimos a este mundo a sentir el sol en la piel, escuchar el respirar de los océanos, ver los colores que se forman en el atardecer… para conectar, contemplar y vivir.

Nos reflejamos en la naturaleza

La naturaleza es un reflejo del ser humano y no sólo me refiero al reflejo de la imagen en un cuerpo de agua, tan pequeño o grande como sea, desde un charco hasta un océano, sino de la naturaleza entera: bosques, montañas, playas, selvas, desiertos… su salud y bienestar hablan de nuestra relación con ella. Donde no hay actividad humana, el equilibrio se mantiene, pero donde llegamos, suele aparecer el deterioro: el aire contaminado de las ciudades, los mares invadidos por el plástico, suelos erosionados… cada herida del planeta es un espejo de nuestras decisiones.

Sin embargo, algunas culturas supieron escuchar a la Tierra, alineando sus actividades y estilo de vida con ella. En la selva de Chiapas, por ejemplo, los lacandones se consideran hach winik, "verdaderos hombres". En su mito de creación, el dios Hachäkyum bajó a la oscuridad de la tierra, creó las estrellas con arena, iluminando con su luz las tinieblas y dijo: "Las raíces de las estrellas que he sembrado, son las mismas raíces de los árboles que conforman nuestra selva. Los árboles están sembrados junto con ellas, las estrellas." A continuación, con ayuda de la arcilla, arena y maíz moldeó al ser humano, confiándole una misión: custodiar la selva. De esta manera, el hombre sabía desde su concepción que eran parte de la naturaleza y que su deber era protegerla.

En su cosmovisión, el tiempo no es lineal, sino circular, y todos los seres (árboles, ríos, animales y estrellas) tienen espíritu y merecen respeto. La reciprocidad es ley: lo que se toma de la naturaleza debe devolverse. Y bajo este mismo precepto, los lacandones intercambiaban valor utilizando la hoja de cacao como medio de intercambio, o dinero, como lo conocemos actualmente. Sin embargo, a diferencia de nuestra moneda, la suya tenía una característica notable: caducaba. Al ser un elemento orgánico, la hoja se degradaba con el tiempo, impidiendo la acumulación excesiva, obligando que el valor circulara y se repartiera. Este pequeño gesto económico contenía una sabiduría profunda: todo lo vivo nace, se transforma y muere. ¿Por qué nuestro sistema económico prescinde de esta regla?

La oportunidad del presente

Estamos en un momento de coyuntura. Así como el trueque ha sido complementado por la moneda de metal debido al crecimiento agrícola, la banca y el papel moneda surgieron a raíz de la revolución industrial, y el dinero electrónico gracias a la era digital, la situación actual nos incita a reinventarnos. La sostenibilidad es inversa al crecimiento económico y esto se debe al uso desmedido de recursos con el fin de mantener a una sociedad que quiere más por menos. Ser sostenible es costoso para las empresas y representa un esfuerzo para las personas en su día a día. Además, los robots, la inteligencia artificial y los sistemas automatizados en general están reemplazando la labor humana. Entonces, ¿qué pasa si incluimos a la naturaleza en nuestro sistema económico? ¿Y si creamos una economía basada en los recursos naturales llevando el dinero a la naturaleza?

Una economía en la que cada acción sostenible genere un ingreso en forma de energía, donde el valor de la divisa fluctúe según la salud del ecosistema: si hay incendios o derrames de petróleo, la moneda pierde valor, y si la naturaleza se regenera, el valor sube. Un nuevo sistema económico desarrollado por humanos y regido por la naturaleza a través de la tecnología y la energía que nos conecta.

Actualmente han surgido proyectos que pretenden recuperar ese espíritu de reconexión con la naturaleza en clave tecnológica. En los Países Bajos, por ejemplo, existe una moneda digital, cuyo respaldo no es el oro ni el papel, sino árboles vivos. Por cada unidad emitida se planta o conserva un árbol, lo que convierte a la naturaleza en el fundamento del valor. En Estonia, otra iniciativa creó una divisa que equivale a la captura de carbono de un bosque: mientras el ecosistema esté sano, la moneda conserva su poder. Antiguos o modernos, estos ejemplos apuntan a lo mismo: necesitamos que el valor económico vuelva a estar ligado al valor de la vida.

Volver a ser naturaleza

Es soberbio pensar que el ser humano está destruyendo el planeta. El mundo seguirá existiendo y se transformará con o sin nosotros. El problema es que nos estamos exterminando a nosotros mismos como especie al explotar nuestro propio hábitat. La Tierra no nos necesita, el resto de formas de vida tampoco (aunque las estamos afectando y extinguiendo con nuestra actividad y estilo de vida), pero la permanencia de los humanos depende de nuestras decisiones y acciones con visión a largo plazo.

Las plantas, los árboles y las manadas se comunican y cuidan entre sí, y nos han demostrado que la comunidad es la estructura más eficaz para garantizar la supervivencia de la especie. Y aunque en la humanidad la comunidad ha sido un impulso a veces utópico por las constantes luchas de poder, en la naturaleza es algo posible y real, y deberíamos ser capaces de imitarlo, aprovechando nuestra mente maravillosa que nos permite razonar y crear conceptos, sistemas y realidades. Una vida basada en la empatía, solidaridad y reciprocidad nos guiarán por el camino hacia la reconexión con el mundo natural y reencontrar nuestra humanidad para así volver a ser naturaleza y recuperar la capacidad de sentir la imponencia de una montaña, la fuerza del mar, la delicadeza de una flor y la fragilidad de la vida.